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Los «refrescos ingleses» o las primeras burbujas
Las bebidas carbonatadas de sabores supusieron una increíble novedad en la España de 1885: triunfaron gracias a su sabor y a sus presuntos beneficios para la salud.
Ana Vega Pérez de Arlucea
Viernes, 25 de julio 2025
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Cuanto más pica el sol, más aprieta la sed. Da igual que los medios de comunicación, tan empeñados últimamente en señalar lo que llevamos toda la vida haciendo mal, insistan cada verano en que las bebidas tibias o «del tiempo» proporcionan una hidratación más efectiva que las frías.
A ustedes y a mí nos importa un bledo que los tragos helados engañen a nuestro cerebro, haciéndole sentir una frescura tan inmediata como fugaz, y aunque sepamos de sobra que el simple H2O constituye el mejor refresco jamás inventado nunca haremos ascos a otras fórmulas bebestibles.
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Por mucho que ahora nos digan que el alivio que producen es una falsa percepción, el ser humano siempre ha intentado combatir el calor a base de bebercios fríos.
Para ello ideó cosas tan ingeniosas como el botijo, el almacenamiento de nieve o la mezcla de hielo y sal, y recetas «refrigerantes» con tanta solera histórica como la aloja, el hipocrás, las horchatas, la zarzaparrilla o el agua de cebada.
De todas ellas hemos hablado aquí en alguna ocasión, pero sorprendentemente no habíamos dedicado tiempo ni cariño a los refrescos gaseosos, invento actualmente considerado casi del demonio pero que a finales del siglo XIX hizo auténtico furor en una España que sólo había visto burbujas en el champán… y de lejos.
Aquella pasión burbujeante fue iniciada en 1767 por el químico ingles Joseph Priestley, que desarrolló un método para infundir agua con dióxido de carbono, y perfeccionada por otro señor alemán cuyo apellido sin duda les sonará: Johann Jacob Schweppe mejoró la producción industrial del agua artificialmente carbonatada y en 1783 fundó una compañía llamada Schweppes.
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Nueve años después trasladó el negocio a Londres, ciudad en la que su agua gasificada triunfó por todo lo alto y donde fueron surgiendo versiones de sabores conseguidas a través de la mezcla con jarabes concentrados.
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Se creía que el ácido carbónico –surgido de la reacción entre agua y dióxido de carbono– era muy beneficioso para la digestión y que ayudaba también en otros muchos procesos del cuerpo humano, de manera que estos «refrescos ingleses» (luego conocidos como «americanos») comenzaron a expenderse en farmacias.
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Pensemos que las boticas no siempre fueron los comercios especializados que conocemos hoy en día, y que en ellas se elaboraban y vendían remedios magistrales que abarcaban desde cosméticos hasta caramelos o vinos tónicos.
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Casi todo el mundo sabe que la Coca-Cola fue inventada por el farmacéutico estadounidense John Pemberton en 1886, pero no que en España tuvo destacados colegas que consagraron su vida al burbujeo.
Uno de ellos fue Jaime García-Herranz y Sánchez (1848-1899), fundador de la compañía ‘Espumosos Herranz’ con sedes en Madrid, Valencia, Alicante y Barcelona; otro don Quirino de Pinedo y Basarte (1845-1911), boticario bilbaíno que en 1886 ganó con sus refrescos una medalla de oro en la Exposición Internacional Alimenticia de París, y no podemos olvidar a Agustín Trigo Mezquita (1863-1952), de quien otro día hablaremos con más detalle por ser el creador del mítico Trinaranjus.
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Todos ellos se basaron en el modelo de los drugstores de EEUU, comercios en los que se despachaban medicamentos, cosméticos, tabaco, sellos, licores y un poco de todo, incluyendo refrescos gaseosos compuestos por una mezcla de agua carbonatada y jarabe concentrado y que se vendían en sifón o botella retornables o se consumían in situ, servidos a través de grifos.
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Las primeras soda fountains o «fuentes de soda» de España abrieron a mediados de la década de 1880 con un tremendo éxito debido mayormente a la novedad del producto. En 1888, por ejemplo, un artículo de prensa decía que «a la mayor parte de los consumidores no les gustan [los refrescos ingleses], pero como es cosa nueva van a tomarlos de pie y los pagan con gusto, aunque les produzcan picor en la garganta y cosquillas en la nariz».
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El comercio pionero en Madrid, regentado por un tal José Bermúdez de Castro, se llamó directamente «Refrescos ingleses» y desde su apertura en 1886 arrasó de tal manera que en pocos meses tenía ya tres locales. En junio de 1887 la revista femenina El Siglo declaró que las famosos refrescos estaban, al menos en Madrid, al alcance de todo quisqui: lo que había empezado como un artículo de lujo se había abaratado ya lo suficiente como para poder ser disfrutado «por condesas y chulapas».
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Las burbujas eran modernidad, tendencia y salud. Si nos fiamos de un folleto publicitario editado a finales del XIX por Espumosos Herranz, las bebidas gaseosas se promocionaban como una panacea que nutría, refrescaba, apagaba la sed, favorecía la digestión, evitaba las enfermedades eruptivas y sépticas y producía un efecto «ligeramente anestésico y un estado agradabilísimo de pasajera embriaguez con propensión al sueño».
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¿Y los sabores? Agárrense, porque algunos de ellos les parecerán desconocidos o terriblemente trasnochados. Entonces había refrescos de limón, naranja, grosella, cereza, fresa o piña, pero también otros que el paladar moderno ha olvidado como menta, grog (ponche de ron, azúcar, especias y cítricos), mazagrán (café con limón y licor), membrillo, vainilla o agraz, que es el zumo de la uva verde o sin madurar. Den un trago largo a su preferido, porque la historia de los refrescos nos acompañará durante varias semanas más.
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