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Andeka Larrea: «Bilbao ha cambiado las tabernas y la música en directo por bares que son todos el mismo»

Publica su primera novela, ‘Una caída titánica’, una ucronía que fantasea con un derrumbe en el Guggenheim en el año 2000
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Año 2000. El atrio del Museo Guggenheim Bilbao, inaugurado tres años antes, se viene abajo provocando cinco muertos y decenas de heridos. Evidentemente, este hecho nunca aconteció en la realidad, pero es el punto de partida de ‘Una caída titánica’ (Editorial Txalaparta), la primera novela de Andeka Larrea (Bilbao, 1972), una atrevida y original ucronía. Larrea, profesor e inspector de educación en la actualidad y que ejerció en el pasado puestos de responsabilidad política en Podemos y Sumar, juega con un suceso que nunca ocurrió como excusa para retratar, por un lado, la vida política e institucional que marcó los años 90 y 2000 en Bizkaia y, por otro, el apogeo de una determinada cultura underground en el Bilbao del cambio de siglo. Acaba de llegar a las librerías y se presenta el jueves 15 de enero en el Hika Ateneo.
Usted había publicado análisis político-social y ahora cambia de registro y se lanza a una ucronía sobre una tragedia en el Guggenheim. ¿Por qué?
El cambio no ha sido de repente, los protagonistas de la novela estaban concebidos como personajes desde hace al menos diez años. Lo que pasa es que las circunstancias se pusieron de mi lado y pude sacar tiempo para recuperarlos, pensar en la novela y escribirla, un proceso de año y medio, aproximadamente. Nunca había publicado ficción, pero he vuelto un poco a lo que hacía en mi juventud, escribiendo cuentos y relatos. He tratado de encajar todos los elementos y construir un imaginario en torno a la ciudad, en torno a Bilbao y a sus personajes. Y ha sido un proceso enriquecedor, también el de la edición.
Es un lienzo de aquel Bilbao que ponía los cimientos del modelo turístico de hoy en día.
Arranca en el año 2000, cuando el Guggenheim Bilbao llevaba ya tres años abierto pero todavía quedaban muchas cosas por hacer, era el inicio de la apuesta por la ciudad del espectáculo. Pero también hay saltos en el tiempo, a finales de los 80 y principios de los 90, donde teníamos los gaztetxes, la música en directo o los editores por vocación, como el protagonista de la novela, un hombre que se busca la vida e intenta prosperar intelectualmente. En los 90, Bilbao vivía ya ese proceso de transformación pero todavía tenía rescoldos de la vida cultural popular, esa que se contrapone a la cultura oficial. Frente a la apuesta institucional por la gran cultural, en aquel Bilbao había una cultura autogestionada, hecha por personas y personajes que no hacían de ella su profesión, sino que formaba parte de sus vidas tocar en un grupo, escribir poemas, publicar fanzines, llevar un bar con conciertos…
Una escena que se ha ido difuminando con el paso del tiempo. ¿A qué se debe?
Salvando las distancias de escala, a mí el Bilbao de aquellos años me recuerda a Berlín. Quizás sea una mirada nostálgica, no sé. Pero la posterior apuesta institucional por la gran cultura y por una ciudad estética ha ido generando un proceso de turistificación que, aunque pueda servir para transformar o regenerar las ciudades, en el caso de Bilbao se ha pagado un precio alto. En el sentido de que toda esa urdimbre cultural hoy en día ya no existe. Bueno, quedan algunos elementos, lugares o personas, pero testimoniales.
Se nota un retroceso, no solo en contraste con los 80 o 90, sino en la última década.
Así es. Y además, haciendo mi pequeña investigación para la novela, me ha sorprendido el escaso registro y archivo que tenemos sobre la cultura popular. No hay una memoria sobre los bares que programaban música en directo en el Casco Viejo, como por ejemplo el Muga. No está documentado, hay algunas fotografías y referencias que se van perdiendo. Así como la memoria de las personas que lo vivieron, que desaparece a la par que los protagonistas.
Yendo al plano político, hay mucha sorna en su retrato de toda una generación de gestores.
Quería que la novela tuviese humor y toda la parte de crudeza y de retratar las miserias del poder. Al fin y al cabo, el poder lo hacen personas, lo llevan personas. Y en una ciudad relativamente pequeña como Bilbao, incluso en un país pequeño como Euskadi (que nadie se ofenda), las relaciones humanas y personales son tan próximas y tan cercanas que todo se toca. Al final, tiene que ver con que los ganadores y los perdedores de las relaciones de poder muchas veces o son primos, o son tíos, o son amantes o lo han sido. Hay una especie de círculo cerrado de relaciones.
Juega a llevar al terreno de ficción a personajes reales de la época: Azkuna, Ibarretxe, Arzalluz o incluso Ortuzar, entonces al frente de ETB.
La premisa de la novela es: ¿y qué hubiera ocurrido si…? En el año 2000, cuando ocurre el ficticio accidente del Guggenheim, Azkuna estaba en su primera legislatura en minoría y tuvo muchas dificultades para acordar presupuestos, fue una legislatura bastante complicada. Si hubiera ocurrido esta tragedia que planteo, ¿cuál hubiera sido el devenir de Bilbao? ¿Y el del PNV? ¿Cómo hubieran reaccionado Azkuna y el lehendakari Ibarretxe en aquel contexto de tanta tensión política? Yo me he permitido especular con ello, he jugado con esos elementos que estaban ahí, con ese paisaje histórico que existió.
Y nada más publicarse el libro va y se muere Frank Gehry.
¡El gran arquitecto del Guggenheim! Bueno, esto de los panegíricos es complicado, no seré yo quien se atreva a decir nada malo de sus grandes proyectos, pero a mí de la obra de Gehry me interesa más lo que hacía a pequeña escala, como su propia casa. Los diseños más centrados en el hábitat de lo personal y de lo familiar, más que sus grandes infraestructuras. Lo que sí es interesante recordar es que él mismo reconoció que el hecho de que el Guggenheim se construyera en titanio fue de chiripa.
¿No era la idea inicial?
No. Y cuando se ha construido esa imagen de leyenda del Guggenheim, queda para la historia el titanio como una gran ocurrencia. Pero la realidad es que esto surgió por mera casualidad, porque en principio iba a ser de acero inoxidable (se cambió al titanio por ahorrar costes). A él le fascinaba la ubicación del Guggenheim, todo aquel espacio industrial en ruina, ese Bilbao duro del que hablaba, y quería hacer un homenaje a la obra de Oteiza y de Chillida. Pero finalmente fue titanio en vez de acero y el titanio se ha convertido en el símbolo del renacimiento de Bilbao. El propio título de mi novela juega con esta idea de lo titánico.
Turistificación
Usted ha estado en la política activa. ¿Cómo ve ahora desde la barrera tanto el Bilbao actual como la actualidad vasca?
Es un placer estar en la barrera y juntarse con los amigos de vez en cuando y comentar cómo van las cosas. Pero no me atrevo a juzgar demasiado, no tengo yo recetas ni respuestas. Pero la ciudad sí que es algo que me lleva ocupando mucho tiempo, con cierta preocupación como vecino del Casco Viejo y por lo que oigo de otros barrios. Lo digo con fastidio: esta transformación de la ciudad, con el impacto del turismo, es evidente en el día a día. Sí, me fastidia. Me fastidia que desaparezcan las tabernas, donde además de servir vinos y refrescos había cultura. Y había conciertos, música en directo. Y lo han reemplazado por bares que son todos el mismo: aquí, en Londres, en Madrid o en Barcelona.
Por no hablar de la invasión de los locales de ‘café de especialidad’.
Ese tipo de sitios me molestan. Estamos viendo los efectos negativos del turismo. Hay ciudades como Barcelona y otras europeas que han iniciado ya un proceso de reflexión y de vuelta atrás.
¿Y la política cómo está?
Hay elementos que me preocupan mucho, como el ascenso de la ultraderecha. Me preocupa como ciudadano y como persona con sensibilidad política de izquierdas, pero también me agobia pensar en ese horizonte y ver que hay motivos. La gente está desencantada y enfadada. No hay más que ver la cuestión de la vivienda, las están pasando canutas. Pero bueno, en el libro yo me aproximo a la política desde el humor, que a decir verdad escasea en la política. Yo diría, desde mi experiencia política, que nos ha faltado sentido del humor. Esa seriedad de la política a veces es lo que aleja y desencanta.
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