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Así inventó la reina Victoria las rutinas de skincare y el maquillaje cara lavada como símbolo de estatus

La reina Victoria legó a las mujeres británicas un concepto natural de la belleza que todavía sigue vigente, incluido el maquillaje cara lavada.

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Retrato de la reina Victoria por Franz Xaver Winterhalter.
 getty images
Elena Castelló

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Las fotografías más populares de la reina Victoria de Reino Unido son las que la muestran como una matriarca bajita, de rostro inexpresivo, cuerpo entrado en carnes, sin sentido del humor, y siempre vestida de negro. Las imágenes que le tomaron durante su larga viudedaz, desde 1861 (tras la muerte de su esposo, el príncipe Alberto) hasta su propia muerte en 1901, subrayan la imagen de una mujer de luto, insensible a su propia belleza. No son, sin embargo, totalmenete verosímiles: hubo una Victoria alegre y llena de ganas de vivir.

Efectivamente, hubo un tiempo en que la reina Victoria fue una mujer vibrante y encantadora, un modelo de belleza juvenil que bailaba y trasnochaba. Nacida en 1819, Victoria llegó al trono con 18 años, en 1837. Cuando aún era la princesa Alejandrina —o simplemente Drina, como la llamaba su madre—, su rostro mostraba un aire angelical, como ordenaban los modelos de belleza de la época: rubia, de tez transparente, con un suave rubor en las mejillas, y unos brillantes ojos azules, según las descripciones de la época.

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Victoria tenía una figura elegante y un pie pequeño pero, eso sí, una estatura muy corta: (apenas un metro cincuenta y cinco centímetros. Fue algo que siempre la frustró: «¡Todos crecen, menos yo!», solía decir. Cumplía los ideales de belleza victorianos, que enfatizaban la delicadeza, la tez pálida y la figura de reloj de arena. A su tío, el rey Leopoldo I de Bélgica, le preocupaba que no hiciera suficiente ejercicio ni comiera bien y se lo recordaba en sus cartas.

Influida por los últimos años del Romanticismo, la época victoriana arrinconó los espesos maquillajes blanqueantes y los penetrantes rojos de labios de la época georgiana, que se consideraban propios de actrices y prostitutas. Las mujeres de la clase media y de la alta sociedad, que se pretendían intachables, sustituyeron el exagerado maquillaje de las generaciones anteriores por un cuidado cotidiano de la piel mediante infusiones de yerbas y flores y emulsiones con cera de abeja y grasa de ballena.

La reina Victoria puso de moda la naturalidad, el cuidado de la piel y la total ausencia de maquillaje. Había que parecer saludable y dejar que la cara lavada brillara por sí sola, aunque no estaba de más un ligero rubor y algo de polvos de arroz en la nariz. A finales de los años treinta del siglo XIX, la joven Victoria, impuso el ideal social de la modestia y la sobriedad, aunque ella misma era una mujer vibrante y con un porte imponente, que la hacía destacar en cuanto entraba en una habitación.

Nueve embarazos pasaron factura a Victoria

Nueve embarazos y toda una vida de amor por la comida le pasaron factura, afectando a su figura, que se expandía año a año. Sin embargo, en su juventud, tenía una tez muy bonita, aunque con intolerancia al calor, lo que le causaba enrojecimiento en la cara. Su boca era bastante fina y sus dientes pequeños y cortos, «como los de un ratón», según la princesa María de Rumanía.

Victoria compartía cierto parecido con sus antepasados alemanes: la nariz ligeramente aguileña de los Coburgo y el mentón hundido de los Hannover, rasgos que heredaron varios de sus hijos. Sin embargo, hay una belleza genuina en sus primeros retratos, en los que aparece con el pelo deshecho o la cabeza cubierta de rosas, mirando con amor a su esposo, el príncipe Alberto, el día de su boda.

 

Las rutinas de belleza de la reina Victoria marcaron el estilo de cuidado de todas las mujeres británicas. A finales de la década de 1890, las damas victorianas buscaban la palidez. Se aplicaba sobre la piel o, directamente, se bebía jugo de limón y vinagre para mantener la tez clara. Sólo las campesinas tenían la piel bronceada. Sin embargo, las mujeres victorianas también utilizaban polvos faciales de arroz para quitar los brillos o colorete para simular rubor. Se trataba de parecer no maquillada aunque se utilizara maquillaje. Una versión prematura del ‘no make-up make-up’ o maquillaje cara lavada.

La reina Victoria, fotografiada por Bassano, en 1882. D.P.

Victoria consideraba el uso del maquillaje un acto de vanidad que no cabía en una vida cristiana. Las mujeres debían ser discretas, permanecer en segundo plano, no llamar la atención. Por eso, lo más importante era mantener una rutina de limpieza facial. Las damas de la época utilizaban agua de rosas o vinagre y elaboraban mascarillas de belleza a base de avena, miel y claras de huevo para iluminarla.

Mezclaban el jugo de la planta de pamplina con agua y lo aplicaban en el rostro dos veces al día para atenuar las pecas. Y se decía que una gota de jugo de limón en cada ojo les daba brillo y los hacía parecer despejados. También se frotaban jugo de remolacha en las mejillas para darle un brillo rosado y se aplicaban una pomada transparente en los labios para suavizarlos y darles brillo.

Entre los nombres destacados de la cosmética victoriana se encontraban Madame Rachel, Harriet Hubbard Ayer o la Casa Cyclax, en Bond Street. Muchas damas de la alta sociedad entraban a escondidas en sus tiendas para tener una consulta privada, porque no estaba bien visto frecuentarlas. La reina Victoria consideraba vulgar el maquillaje ‘evidente’. Las mujeres tenían que recurrir a recetas familiares para el cuidado de su cutis, baño, cuerpo y cabello. Las cejas se depilaban ligeramente y se oscurecían con ingredientes naturales.

Los cosméticos incluían ingredientes naturales

Victoria confiaba en el agua de flor de saúco para lavarse la cara y las manos y humedecía sus ojos con una infusión de manzanilla cada noche. Algunas de las recetas más populares que utilizaba la Reina eran la crema de manos de lavanda, el champú de romero, la crema de noche de pelargonio, el acondicionador para el cabello con perejil, la crema facial de rosa y rosa mosqueta, el agua de flor de manzanilla o un bálsamo labial elaborado con cera de abeja y uva negra. Una mascarilla facial de arcilla verde y hierbas extraía impurezas de la piel y mejoraba su textura.

La reina Victoria fue famosa por su cutis suave y terso sin arrugas hasta bien entrada su vejez. Perfumaba sus guantes con aceite de rosas: el perfume se consideraba apropiado solo con aromas florales y nunca se aplicaba directamente sobre la piel. Los perfumistas Floris crearon una fragancia, Bouquet de la Reine, como regalo de bodas para ella cuando se casó con el príncipe Alberto en 1840. Una versión reinventada de este ‘eau de toilette’ floral y afrutado se vende todavía en la marca y sigue siendo una de las favoritas del rey Carlos III.

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Las cremas frías elaboradas con emulsión de grasa de ballena, cera blanca, aceite de almendras, agua de rosas, agua de flor de naranjo y glicerina eran el único cosmético que podían usar las mujeres victorianas. La reina Victoria las utilizaba como parte de su rutina diaria, que incluía también el uso constante de agua y jabón. Los problemas de la piel como granos, pecas e imperfecciones se consideraban vergonzosos, por lo que los polvos blancos, azules o rosas para disimularlos se adquirían en secreto.

Algunas mujeres arriesgaron su vida para simular esta belleza híper natural: mordisqueaban obleas de arsénico para lograr unos ojos brillantes y una tez translúcida o se aplicaban gotas de belladona en los ojos para dilatar las pupilas y hacer que los ojos parecieran más grandes, aunque pasarse con la dosis podía conllevar ceguera. Es la cara cruel de la sobriedad y naturalidad que impuso la reina Victoria, lesiva no tanto por las reglas de belleza mismas sino por la penalización social que conllevaba no cumplirlas.

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