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Así llegaron los refrescos con burbujas a Euskadi

Durante la segunda mitad del siglo XIX las capitales vascas pasaron de usar nieve de los montes a tener siempre a su disposición hielo, gaseosa y otras bebidas carbónicas

 

Jueves, 14 de agosto 2025

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Imagínense que un día de este caluroso verano se estropearan al unísono todos los frigoríficos, desaparecieran de golpe todos los cubitos de hielo y que esa situación se alargara durante algo más de un mes. Pues eso es lo que ocurrió en Bilbao en 1859, cuando por razones que no están nada claras se interrumpió el suministro de hielo en la ciudad entre finales de junio y los primeros días de agosto. Por entonces el agua congelada llegaba a la capital vizcaína desde las neveras del Pagasarri, donde la nieve natural del invierno se almacenaba y compactaba para crear capas de hielo que a lo largo del año se iban cortando en bloques y transportando a la ciudad para su venta.

El Ayuntamiento bilbaíno era el propietario de las neveras del monte y el responsable de su mantenimiento, mientras que la gestión, transporte, distribución y comercialización del hielo (el meollo del negocio, al fin y al cabo) eran responsabilidad del «rematante de la nieve». A cambio de un canon acordado en remate o subasta pública, esta persona se comprometía a aprovisionar de hielo a los vecinos y a cumplir las condiciones que las autoridades municipales le imponían por contrato, pero a veces la nieve se agotaba o su acarreo era completamente imposible debido a diversas causas. En 1859 el rematante de Bilbao, Simón de Gardiazábal, llevaba tiempo reclamando al consistorio que reparara una de las neveras del Paga. Ya fuera por falta de mantenimiento, por negligencia del mismo Gardiazábal o vayan ustedes a saber por qué, la cosa es que a finales de junio de ese año ya no había nieve en Bilbao. El rematante tuvo que pagar daños y perjuicios a Juan Bautista Aznar, fabricante de helados y refrescos, por no haberle suministrado el hielo que demandaba su actividad profesional.

Solo hielo natural

Recordemos que por entonces el hielo natural era el único disponible, y que hogares y comercios no tenían ninguna otra manera de refrigerar las bebidas. La aloja, una especie de hidromiel, y la limonada de txakoli se enfriaban usando nieve con sal, y la misma mezcla se empleaba –durante más tiempo y aplicando mayor energía manual– para congelar líquidos en forma sólida empleando garrapiñeras o heladeras mecánicas. No había tantas opciones para refrescar el paladar como ahora, pero la escasez de nieve constituía un problema de primera magnitud por su gran demanda durante los meses de calor y porque también se utilizaba como tratamiento médico. El Ayuntamiento acabó rescindiendo el contrato con el señor Gardiazábal y ofreció una jugosa prima a quien se hiciera cargo del nuevo remate: las dificultades para traer el hielo desde el Pagasarri se desvanecieron como por ensalmo y el suministro se reanudó el 6 de agosto.

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boticario sirviendo un refresco – EEUU ca 1895

Todos estos problemas logísticos se eliminaron gracias al hielo artificial. El desarrollo de la industria del hielo y la apertura de la primera fábrica de ídem en Bilbao –en La Naja, en 1877– permitieron asegurar el abastecimiento de hielo y abaratar su coste, de manera que empezaron a proliferar nuevos negocios como cervecerías, heladerías, horchaterías, fábricas de gaseosas… y farmacias con fuentes de soda. El agua de Seltz (agua con dióxido de carbono), la soda (lo mismo, más bicarbonato de sodio), la gaseosa (agua con gas, azúcar y saborizantes) y los refrescos carbonatados tuvieron un origen medicinal, así que no debería sorprendernos que en 1883 el mejor establecimiento para adquirir o tomar una bebida gasificada en Bilbao fuera la farmacia de Quirino de Pinedo y Basarte (1845 – 1911). Este ilustre boticario abrió en 1869 un despacho en la calle Cruz número 10 y algo más tarde, muy cerca de allí, montó un ultramarinos con droguería. Pinedo se inspiro directamente en el modelo de los drugstores estadounidenses, comercios en los que se despachaban medicamentos, cosméticos, tabaco, sellos, licores y un poco de todo, incluyendo refrescos gaseosos compuestos por una mezcla de soda y jarabes concentrados y que se servían directamente a los clientes a través de fuentes o grifos.

Con gas

Don Quirino se subió al carro de las burbujas en 1883, cuando en Bilbao ya había varios comerciantes dedicados a la fabricación de bebidas chispeantes. Uno de ellos era el alemán Carlos Schumann, que elaboraba cerveza y gaseosa en el 44 de Iturribide, y otra era la viuda de Juan Bautista Aznar (aquel que puso el pleito por falta de nieve en 1859), quien vendía «refrescos americanos» de limón, naranja y grosella en su tienda de la calle Correo. La farmacia Pinedo vio esa apuesta y la subió: fabricaban jarabes o extractos y también refrescos ya gasificados (en sifón o botella) con sabor a granadina, fresa, frambuesa, grosella, naranja, limón, piña, agraz, cereza, menta, zarzaparrilla, membrillo, albaricoque y vainilla. Además, vendían aguas minerales con y sin gas y sifones de seltz y soda tanto al por mayor como al por menor.

En 1886 los refrescos de Pinedo ganaron un diploma de honor con medalla de oro en la Exposición Internacional Alimenticia de París y se disfrutaban no sólo en la farmacia o en casa, sino en locales tan distinguidos como la Sociedad Bilbaína o la Sociedad El Sitio y en numerosos cafés y confiterías de la ciudad. Los Pinedo, primero el padre y luego sus hijos Ramiro y Félix, siguieron refrescando los calores vascos hasta la irrupción de otras empresas de las que hablaremos aquí, las míticas Iturrigorri, Gorbea, Kas o Schuss.

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