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Bilbao celebra el 60 cumpleaños del grafiti, que nació con un mensaje de amor

El pintor y exgrafitero Pablo Ochoa de Olza reflexiona sobre este arte de la calle y lo introduce en la sala Ondare con las 42 obras de su muestra ‘Hormaren kontra’
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Está reconocido que Cornbread, de nombre Darryl A. McCray (Filadelfia 1953), fue uno de los precursores del grafiti y el arte urbano en general. Siendo un adolescente, eligió como sobrenombre Cornbread por la nostalgia que sentía mientras estaba internado en un centro de menores al acordarse del pan de maíz que preparaba su abuela. Con ese nombre, en 1965 pintó su camiseta y luego siguió con las paredes; se considera que el primer grafiti es una declaración de amor suya: ‘Cornbread loves Cynthia’, iniciando sin ser consciente de ello el denominado ‘tagging’ (de tag, la firma del autor en este contexto) y del grafiti moderno. Ocurría hace exactamente 60 años, y para celebrarlo, la sala Ondare de Bilbao (María Diaz de Haro, 11) inaugura hoy -y hasta el 15 de noviembre- una exposición del artista Pablo Ochoa de Olza (Pamplona, 1968), pintor, grafitero hasta el año 1990 y defensor de esta disciplina artística.
De hecho, hace apenas un año, Ochoa de Olza no pudo reprimirse ante la visión del escaparate de un local abandonado en la calle del Pez de Malasaña (Madrid). Acompañado de su hija, sacó su rotulador y allí, entre carteles ajados y restos de mil pinturas, empezó a hacer su autorretrato. No terminó: «Una mujer salió de dentro y me pegó con la escoba, así que nos fuimos, pero dos calles más abajo, unos policías me pusieron una multa de 1.000 euros que se quedaron en 600 por pronto pago». Aunque Olza dejó de pintar muros en 1990, precisamente tras haber ganado el Concurso de grafitis de ‘Los 40 Principales’: «Me di cuenta de que tenía mucho que aprender en pintura y me dediqué a formarme en Nueva York y Alemania. También en restauración de antigüedades y en robótica de pintura industrial, trabajo con robots que pintan y tengo algún proyecto artístico sobre ello».
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En su caso, la fiebre le entró a los 15 años tras la visión de la película ‘Beat Street’ (Stan Lathan, 1984), cuya banda sonora desgastó después en casa machacando la cinta en un radiocasete. «Mi primera vez fue en Pamplona, en Iturrama, con dos latas de espray robadas, uno rosa Renault 12 y otro azul Seat 127, y sin saber mucho de hacer letras escribí ‘Hip hop, don’t stop’. Entonces firmaba como PE, Public Enemy, hoy tengo el nick de Pablo Who, pero ya no lo pinto por ahí. Y si te acercas a la pared, entre los ladrillos aún quedan restos de rosa y azul. Por aquel entonces en Pamplona no había muchos grafitis y sí muchas pintadas de carácter político, así que en mi caso me apresuraba en avanzar lo suficiente como para que cuando llegara la Policía quedara claro que no estaba escribiendo ‘gora ETA’«. Entre sus inicios y el día que decidió dejar esta forma de expresión, Ochoa de Olza dejó miles de ejemplos en las calles de España, Alemania y Nueva York, vivió varios años.
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En la exposición de la sala Ondare, Ochoa de Olza expone sus pinturas de escenas o paisajes de calles de todo el mundo con grafitis. Muchas son una representación de fotos sacadas por él mismo en sitios como Nueva York, otras pertenecen a libros históricos de este arte, al haber desaparecido las obras en cuestión. Para ello utiliza cristal, que pinta con pincel por detrás, es decir, con las letras del revés, para que parezca que contemplamos a través de una ventana la escena en el lugar que le correspondería, es decir, el muro de cualquier ciudad. También emplea cartones, lienzo, tablas y telas de gran formato. Hay además de algunos ejemplos de pintura sin soporte, de trata de un pintado con acrílico sobre soportes antiadherentes de los que se arranca la pintura una vez seca. El resultado es «una especie de lámina o ‘piel’ con la imagen pero sin soporte, sin lienzo ni tabla que lo sustente. Es endeble, efímera si se descuida, frágil, ininteligible y extraña, como el propio motivo que representa: el grafiti», explica el autor.
En la rueda de prensa estuvo presente, además del creador, Begoña de Ibarra, directora general de Cultura de la Diputación Foral de Bizkaia, patrocinadora de la muestra. «No solo celebramos la trayectoria de este artista singular, sino el 60 aniversario de un fenómeno que ha marcado la Historia del arte. Esta exposición nos invita a mirar el grafiti desde una perspectiva diferente».
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«Pinto desde niño -expuso el artista- y no pasé por Bellas Artes, pero sí me he formado y hoy de mi estudio salen cosas anárquicas, siempre abordando el concepto del ‘underdog’, el perdedor, tratando de defender al más débil, al vagabundo, como Velázquez retrataba enanos o gente desfavorecida, una pintura que no es cuqui, no es bonita, pero no importa». «El grafiti no es el problema sino un síntoma, cuando unos niños en una situación concreta deciden comprar espray e ir a pintar paredes por la noche vigilando por si viene la Policía para expresarse, el problema no está en el grafiti». Observan las obras unas ratas creadas para la ocasión por la escultora Cova Orgaz: «Le pedí unas ratas malas de alcantarilla, pero le han salido estas ratas encantadoras», dice Ochoa de Olza.
Entre las obras, el visitante descubre dos edificios emblemáticos de Bilbao, el Guggenheim y la Torre Iberdrola (pintadas por Iñaki Pardos), que Ochoa de Olza se ha encargado de llenar de grafitis en su parte cercana a la calle. «No pretendo cambiar la percepción acerca del grafiti -expone el creador- o conseguir que sea visto más amablemente, solo presento obras que actúan de espejos de nuestras incoherencias, y quizás por eso el cristal como soporte. Mis obras hablan de nosotros colectivamente, de una sociedad que persigue una forma concreta de expresión artística. Aunque las técnicas que utilizo a menudo son desarrollos propios, mis métodos son de primero de grafiti: lo traigo al interior y lo muestro sin decorar, tal como es, con la pretensión de que cualquier espectador pueda percibir su potencial estético independientemente de su gusto personal».
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Algunas de sus obras muestran ejemplos ya desaparecidos pero que en su día decoraron los muros del edificio frente al museo Macba de Barcelona (entre otros) junto a cubos de basura: «El hecho de representar en mis pinturas las obras de grafiti junto a cubos y bolsas de basura no llama la atención porque en nuestra mente asociamos ambos elementos por lo mismo que usamos la expresión ‘limpiar el grafiti’, y con la misma naturalidad con la que aceptamos que se eliminen incontables obras de arte de las calles».
Sobre el grafiti y su propio arte, Ochoa de Olza atenderá al público interesado en unos encuentros que tendrán lugar los martes 16 de septiembre, 21 de octubre y 11 de noviembre a las 18 horas. Además, la sala Ondare programa actividades vinculadas a la muestra, como talleres familiares para fomentar el aprendizaje y la creatividad (inscripción previa en ondare.aretoa@bizkaia.eus, el 18 de octubre a las 16.30 para niños entre 4 y 11 años, y el día 25 a la misma hora de 3 a 8 años).
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En la expansión del grafiti tuvo que ver que un error, el que en 1971 cometió el diario ‘Philadelphia Tribune’ al anunciar fallidamente la muerte de Cornbread, quien para demostrar que se estaban equivocando decidió plantar con sus aerosoles un elefante en el zoológico de Filadelfia y un avión de la TWA. Sus acciones coparon gran cantidad de páginas de periódicos y horas de radio y televisión, expandiendo el conocimiento del artista y la nueva forma de creación. El anónimo Cornbread pasó así a ser conocido y reconocido y ese mismo año abandonó su trabajo en los muros de las calles. Hoy en día, a sus 72 años, se dedica a dar conferencias sobre su juventud como grafitero.
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