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Carlota Isasi: «Antes el cliente iba al banco como al notario; ahora entra pensando que le van a engañar»

Abogada especialista en reclamaciones bancarias, ha podido constatar que «la soberbia de las entidades financieras es infinita»

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Carlota Isasi se asoma al ventanal de su despacho
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Carlota Isasi se asoma al ventanal de su despacho.
(Yvonne Iturgaiz)
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El edificio donde Carlota Isasi tiene su despacho es uno de los primeros con estructura de hormigón que se levantaron en el ensanche bilbaíno.

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Lo mandó construir su abuelo materno, Manuel Salaverri Aranguren, que era traumatólogo. «Había vivido en Alemania donde se especializó en ortopedia y volvió fascinado por un modelo arquitectónico entonces insólito en Bilbao: el edificio de apartamentos».

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Isasi sonríe al recordarlo porque aquellos «apartamentos» de comienzos del siglo XX medían cerca de 145 metros cuadrados y ocupaban dos viviendas por planta. Desde los grandes ventanales que dan a la Iglesia San José entra un rayo de claridad que parece encajar con su manera de expresarse: directa, rápida, sin demasiada liturgia, mezclando anécdotas familiares con sinceras valoraciones sobre su trabajo diario.

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Pertenece a una familia vinculada al sector médico por parte de madre y al legal y financiero por el lado paterno. Su abuelo fue jefe de los servicios jurídicos del Banco de Bilbao y secretario de su consejo de administración, y su padre, fallecido este año, ejerció también durante décadas como abogado especializado en derecho bancario.

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«Me hice abogada porque quería ser como él», admite Carlota antes de repasar sus propios logros académicos.

Estudió Derecho Económico en la Universidad de Deusto, hizo un máster especializado en banca y mercados financieros del Banco Santander y comenzó a ejercer en el bufete familiar, en pleno estallido de la gran crisis financiera, las fusiones de cajas y la reestructuración bancaria de 2012.

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Hasta entonces, su padre trabajaba en exclusiva para entidades financieras. Pero con la llegada de las preferentes, las cláusulas suelo y las reclamaciones hipotecarias masivas, «tuvimos que reinventarnos», recuerda.

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En poco tiempo empezó a recibir decenas de clientes particulares. Hubo una época en la que llegaba a atender a ocho o diez personas al día.

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«Muchos venían recomendados por otros clientes», comenta. Algunos todavía regresan años después. Como una mujer que llegó a recuperar más de 120.000 euros invertidos en participaciones preferentes y que, aún hoy, aparece por el despacho con un bizcocho casero bajo el brazo, como forma de agradecimiento.

Falta de cultura financiera

En más de una década de ejercicio profesional, Carlota ha contribuido a resolver un amplio catálogo de conflictos (preferentes, cláusulas suelo, gastos hipotecarios…) con la ventaja de conocer de primera mano a lo que se enfrenta pues, mientras presenta reclamaciones en nombre de clientes que se sienten estafados por su banco, trabaja también para alguno de ellos en procedimientos de ejecución. Esa doble condición —trabajar para entidades financieras y, al mismo tiempo, litigar contra ellas— ha sido una forma de aprendizaje acelerado sobre cómo ha cambiado la percepción social y le ha permitido constatar que «ni todos los bancos son villanos ni todos los clientes tienen la razón».

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Reconoce que durante años existieron abusos bancarios y prácticas comerciales difícilmente defendibles. Pero también cree que «ahora hay gente que piensa que todo es reclamable» y que existe una creciente predisposición a sospechar de cualquier producto financiero. «El cliente iba antes al banco como iba al notario.

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Ahora mucha gente entra pensando que le van a engañar», observa. «A veces vienen convencidos de que su banco les ha engañado y tienes que decirles que no, que lo que tienen firmado está bien».

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Esa relación automática de confianza se ha roto. Lo que ha obligado a los bancos a blindarse y extremar los controles y protocolos internos para evitar litigios futuros.

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Isasi lo expresa con una frase heredada de su padre que resume, en buena medida, su visión del sector: «La soberbia bancaria es infinita». Pero cree que la responsabilidad es compartida.

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«España arrastra un déficit de cultura financiera. No sabemos prácticamente nada. Ni en la carrera de Derecho te enseñan cómo funciona una hipoteca o qué diferencia hay entre un préstamo y un crédito», explica.

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Esa falta de formación convierte, a su juicio, cualquier documento bancario en un territorio opaco para la mayoría de las personas y alimenta su sensación de indefensión. «La gente muchas veces te entrega todos los papeles sin saber ni lo que firma ni lo que tiene delante», señala.

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Mientras la justicia continúa acumulando retrasos y los juzgados especializados en litigios hipotecarios siguen saturados, Carlota cree que la próxima gran batalla jurídica estará en la protección de los autónomos y pequeños empresarios frente a las entidades financieras pues «tienen mucha menos protección que un consumidor en la legislación actual, aunque tengan el mismo nivel de desconocimiento financiero».

La importancia de conciliar

Uno de los aspectos que le siguen sorprendiendo de su trabajo es la percepción radicalmente distinta que cada persona tiene del dinero. «Hay quien no reclama mil euros porque cree que no le merece la pena y otros que celebran 500 euros como si les hubiera tocado la lotería», cuenta.

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También ha visto casos de personas incapaces de conservar durante más de un par de días el dinero recuperado judicialmente. Lo que le hace pensar mucho sobre cómo gestionamos el ahorro.

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Casada y madre de tres hijos, en su caso -dice- no tiene fácil guardar algo a fin de mes. Sin embargo, la maternidad ha cambiado radicalmente su manera de entender el trabajo. «Antes trabajaba una barbaridad de horas.

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Ahora valoro muchísimo más poder estar en casa por las tardes con ellos o llevarles a las extraescolares». A sus 45 años, practica yoga, hace entrenamiento de fuerza y se esfuerza por ser la dueña de su propio tiempo.

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