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La isla de las lagunas, volcanes y termas donde la naturaleza creó una obra maestra.

En San Miguel, la isla más grande de las Azores (Portugal), hay paisajes mayúsculos: desde sus volcanes y lagunas a las aguas termales de Furnas

El hotel abandonado que tiene una de las vistas más espectaculares del mundo

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Las dos lagunas más grandes de Sete Cidades, en el oeste de la isla de San Miguel, en una foto tomada desde la azotea del hotel abandonado Monte Palace JFA

La isla de San Miguel está lejos de Nueva York (4.000 km) y de Lisboa (1.500, dos horas largas de avión). Es la más grande del archipiélago de las Azores, en pleno Atlántico, el océano frío que tantas veces exploraron los duros navegantes españoles y portugueses. Es un lugar hoy evidentemente más conocido que en aquellos tiempos posteriores al descubrimiento de Gonzalo Velho Cabral, en 1432, pero todavía fuera de las rutas turísticas habituales.

Casi al principio de la historia, en 1445, el infante don Pedro le pidió a su hermano don Enrique que poblara esta isla y que la llamara San Miguel, santo al que profesaba devoción. «Hay lagos de aguas calientes, y si se mete en ellos algún animal por un corto espacio de tiempo, sale cocido y listo para comer. Tiene otras aguas de menor temperatura en las que se introducen las gallinas para luego desplumarlas. Todas estas aguas saben a azufre», se lee en ‘África y sus islas en el Manuscrito de Valentim Fernandes’, un relato fundamental para conocer la historia de la navegación portuguesa en los siglos XV y XVI. Unos siglos más tarde, es un territorio de un verde luminoso frecuentado sobre todo por turistas estadounidenses o canadienses, algunos alemanes e ingleses y unos pocos españoles.

 

A San Miguel se entra por Ponta Delgada, la capital. A partir de ahí hay tres zonas de exploración, aunque se puede recorrer entera en coche en un día (solo son 65 kilómetros). Al oeste está Sete Cidades, la postal más conocida del destino. En el centro, la caldeira de la lagoa de Fogo, de 2,8 kilómetros de diámetro. Y al este Furnas y sus termas, las aguas calientes y las fumarolas que brotan en cualquier lugar. Para ir de un lado a otro, hay carreteras medio vacías escoltadas por muros de hortensias, miles, millones, sin duda un imán para la vista en primavera.

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Imagen principal - En la foto superior la piscina termal del Jardín Botánico Terra Nostra, un enorme vergel que empezó a formarse en 1775, cuando Thomas Hickling, un comerciante de Boston destinado aquí como cónsul de EE.UU., construyó la primera casa y una piscina, que tiene un alto contenido en hierro (de ahí su tono marrón). Sobre estas líneas, una poza de agua caliente junto a un río, al lado del hotel Octant Furnas. A la derecha, un grupo de turistas entierra el 'cozido das furnas', que se hará durante ocho horas enterrado en la tierra caliente que rodea la laguna das Furnas.
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Imagen secundaria 1 - En la foto superior la piscina termal del Jardín Botánico Terra Nostra, un enorme vergel que empezó a formarse en 1775, cuando Thomas Hickling, un comerciante de Boston destinado aquí como cónsul de EE.UU., construyó la primera casa y una piscina, que tiene un alto contenido en hierro (de ahí su tono marrón). Sobre estas líneas, una poza de agua caliente junto a un río, al lado del hotel Octant Furnas. A la derecha, un grupo de turistas entierra el 'cozido das furnas', que se hará durante ocho horas enterrado en la tierra caliente que rodea la laguna das Furnas.
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Imagen secundaria 2 - En la foto superior la piscina termal del Jardín Botánico Terra Nostra, un enorme vergel que empezó a formarse en 1775, cuando Thomas Hickling, un comerciante de Boston destinado aquí como cónsul de EE.UU., construyó la primera casa y una piscina, que tiene un alto contenido en hierro (de ahí su tono marrón). Sobre estas líneas, una poza de agua caliente junto a un río, al lado del hotel Octant Furnas. A la derecha, un grupo de turistas entierra el 'cozido das furnas', que se hará durante ocho horas enterrado en la tierra caliente que rodea la laguna das Furnas.
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ENTRE EL COCIDO Y LAS AGUAS TERMALES
 En la foto superior la piscina termal del Jardín Botánico Terra Nostra, un enorme vergel que empezó a formarse en 1775, cuando Thomas Hickling, un comerciante de Boston destinado aquí como cónsul de EE.UU., construyó la primera casa y una piscina, que tiene un alto contenido en hierro (de ahí su tono marrón). Sobre estas líneas, una poza de agua caliente junto a un río, al lado del hotel Octant Furnas. A la derecha, un grupo de turistas entierra el ‘cozido das furnas’, que se hará durante ocho horas enterrado en la tierra caliente que rodea la laguna das Furnas. JFA
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En San Miguel nunca hace demasiado calor ni demasiado frío. En verano, unos 26-28 grados; en invierno no suele bajar de 10-12, aunque el cielo es imprevisible. Llueve a ratos, y en seguida sale el sol, y alguna nube, y súbito el arcoíris, y tal vez pronto vuelva a llover. Sobre todo en Furnas, en el noreste, la zona de la isla que primero se pobló. Hoy es una pequeña localidad de 1.500 habitantes (140.000 en el conjunto de San Miguel) famosa por sus aguas termales con alta concentración de hierro, sus caldeiras, las fumarolas y el olor a azufre.

El poder del agua

Furnas y su laguna ocupan el cráter de un volcán que estuvo activo por última vez en 1630. Los turistas que llegan a esta localidad suelen llegar por la noche, tras la escala en Lisboa y el viaje de 45 minutos desde el aeropuerto de Ponta Delgada, y es frecuente que al amanecer el espectáculo de la naturaleza que les rodea vaya más allá de sus expectativas. El Octant Furnas, uno de los dos hoteles de cuatro estrellas del noreste (aquí no hay sobreturismo y menos en invierno), está en una zona perfecta para empezar a entender este paraíso geotérmico.

El agua baja por el interior de la montaña a 60 ó 70 grados de temperatura. Hay varias fuentes siempre abiertas. Dicen que el agua más o menos caliente de cada una de ellas, con una composición diferente tras un recorrido que nunca es el mismo por el fondo de la tierra, alivia un tipo de enfermedad. Un ingenio del Octant Furnas ‘enfría’ esa temperatura hasta los 37 grados y luego la encauza hacia las piscinas (una interior y otra exterior) o hacia los baños. «Aquí no usamos gas», afirma su director, Manuel Goes. Alrededor del hotel hay un parque, un río limpio y transparente y, a su lado, una poza de agua caliente que invita a descalzarse y chapotear. Unos pocos metros más allá esperan las caldeiras o fumarolas por las que brota agua a cerca de noventa grados (mejor no tocarla a riesgo de acabar en el hospital), el olor a azufre y el vapor de agua que, por un momento, se confunde con la niebla.

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A un cuarto de hora a pie de esas caldeiras y las fuentes espera un lugar imprescindible en la agenda, el Jardín Botánico Terra Nostra, cuyo origen se remonta a 1775, cuando Thomas Hickling, un comerciante de Boston destinado aquí como cónsul de EE.UU., construyó la primera casa y una piscina, y trajo árboles de América. Desde entonces, el jardín fue cambiando de propiedad, creciendo, incorporando nuevas plantas y árboles, muchas de ellas procedentes de las países lejanos. En los años 90 del siglo XX se renovó el jardín, y se añadieron 3.000 especies de árboles y arbustos. La enorme piscina actual es termal, de un color marrón por el alto contenido en hierro que la hace poco atractiva a primera vista pero que suele estar llena de visitantes (entrada, 10 euros) o de clientes del hotel que está en la entrada, el Terra Nostra Garden. Más allá de ese primer selfi, llega el jardín que soñaron sus propietarios, uno de los más interesantes de Europa.

En la isla de San Miguel hay playas grandes, de arena negra, pero que nadie espere encontrar catedrales, monumentos o pueblos excelsos. Su historia y su grandeza están ligadas a los volcanes. En una época el mar separaba el este y el oeste. Desde el Pico Carvâo, camino de Sete Cidades, se puede apreciar la belleza del conjunto. A lo lejos está la Lagoa do Fogo, una laguna dentro del cráter Água de Pau que se puede descubrir a pie, en lo que aquí llaman un trilho (sendero). Vemos entre medias decenas de volcanes que en algún momento, hace decenas de miles de años, terminaron de formar este paisaje. La carretera zigzaguea hacia Sete Cidades, con sus dos lagunas mayúsculas, la azul y la verde, otras cinco más o menos grandes y ocho más pequeñas.

 

El coche se detiene, como un aperitivo, en la Lagoa do Canário, otro ejemplo de la exuberancia de la naturaleza que nos rodea. Esta vez el sendero está protegido por un bosque tupido de cedros japoneses y, al fondo, el agua en calma en el cráter, un paisaje de tranquilidad que podría parecer inquietante a solas en un día con niebla y lluvia fina.

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Imagen principal - San Miguel es la isla del esplendor de la naturaleza. Hay lagunas en cráteres (arriba, la del Canario, cerca de Sete Cidades), cascadas (en la foto, la del Teófilo) y acantilados.
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Imagen secundaria 1 - San Miguel es la isla del esplendor de la naturaleza. Hay lagunas en cráteres (arriba, la del Canario, cerca de Sete Cidades), cascadas (en la foto, la del Teófilo) y acantilados.
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Imagen secundaria 2 - San Miguel es la isla del esplendor de la naturaleza. Hay lagunas en cráteres (arriba, la del Canario, cerca de Sete Cidades), cascadas (en la foto, la del Teófilo) y acantilados.
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LAGOS, CASCADAS Y ACANTILADOS San Miguel es la isla del esplendor de la naturaleza. Hay lagunas en cráteres (arriba, la del Canario, cerca de Sete Cidades), cascadas (en la foto, la del Teófilo) y acantilados. JFA
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Mirador con sorpresa

El mirador más conocido de Sete Cidades es el del Rey. A la entrada aguarda una sorpresa, el hotel abandonado Monte Palace, inaugurado en 1989 y cerrado dieciocho meses después. Parece un crucero de hormigón anclado en lo alto de la montaña -con grafitis, barro, hierbajos y espacios que alguna vez fueron habitaciones- por el que deambulan muchos turistas en busca de la azotea. Arriba, las vistas son apabullantes. Una pareja española toma fotos y vídeos con un dron. La luz del atardecer lame el pequeño pueblo de Sete Cidades y el puente que separa las dos lagunas mayores, cuyo perímetro se puede recorrer a pie o en bicicleta.

El turismo activo es el reclamo que atrae a la mayoría de los turistas. Y el descenso de cañones es probablemente su actividad preferida… después de disfrutar de los paisajes y de decenas de miradores (dicen que hay más de sesenta) con vistas al Atlántico, a las cascadas y a las laderas que lucen un verde como ese que subrayan los televisores modernos. Un día en un coche de alquiler o con una empresa que organiza actividades de aventura puede llevarnos al barranco de Salga, a la cascada del Teófilo (el descenso por otro bosque de cedros japoneses es cautivador) y al Trilho Moinho do Felix. Hay infinidad de rutas por recorrer, de barrancos y pozas, de lugares en los que sentarse a devorar un pícnic con vistas, en nuestro caso en el Parque Ribeira dos Caldeiroes, junto a cascadas y molinos de agua.

Pistas

  • Cómo ir. En invierno hay que hacer escala en Lisboa y enlazar con Ponta Delgada (más de dos horas), bien con Sata Azores o con TAP.

  • Comer. El ‘cozido das furnas’ puede probarse en cualquier restaurante de esta ciudad o de los alrededores. El restaurante Ponta Garajau, en Ribeira Quente, es excelente para degustar productos de mar. https://restaurantepontadogarajau.com/

  • Circuitos turísticos. Se puede alquilar un coche y organizar la visita por libre. Es fácil. Quien prefiera algo organizado puede contactar con Roberto en Sao Miguel Tours. https://saomiguelazorestours.com/

  • Aventuras. El descenso de cañones y las bicicletas eléctricas son la especialidad de esta empresa. https://azoresadventureislands.com/

  • Compras. Quesos de San Miguel y de otras islas de las Azores en ‘O Príncipe dos Queijos’, en Ponta Delgada. También es interesante la visita a los campos y la fábrica de té Cha Gorreana, la más antigua de Europa (1883).

Dice Manuel Goes, nuestro primer anfitrión en Furnas, que hacen falta seis o siete días para ver la isla de San Miguel como merece. Habría que ir a Punta da Ferreira, una ‘cala termal’ en la que el agua caliente que llega del interior de la tierra suaviza el frío del océano. O a comer el ‘cozido das furnas’, especialidad local que se hace durante ocho horas enterrado en la tierra caliente que rodea la Lagoa das Furnas. Los restaurantes y los particulares pagan tres euros para que reserven un espacio para su olla con las veduras y la carne pero sin agua, perfectamente sellada, cubierta de tierra y bien identificada. Habría que salir a navegar y ver ballenas. Y guardar un día para Ponta Delgada, con casas blancas ribeteadas de negro.

San Miguel, tan pequeña, parece no tener fin. A la pareja de españoles de Sete Cidades le preguntamos por su sitio preferido. Mencionan primero la lagoa do Fogo, pero no es su decisión definitiva. Estamos en la azotea del hotel abandonado. Giran la cabeza hacia las dos lagunas. «Vinimos ayer, pero hemos vuelto esta tarde. ¿Cómo no volver?».

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