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¡La ‘Odisea’ es un cuento! Los ‘pecados’ de la película de Nolan, explicados
El filme de Christopher Nolan ha generado una polémica inusitada en torno a su ‘rigor histórico’ pese a ser una invención. Se critican incongruencias que en otros tiempos menos quisquillosos con la ficción (con las verdades de la vida real impera la manga ancha) se llamaban ‘licencias de autor’. Te explicamos las más ‘conflictivas’.
Carlos Manuel Sánchez
El casco de Ulises, el auténtico que describen los poemas homéricos, lleva dientes cosidos. Es un yelmo de cuero y va adornado con decenas de colmillos de jabalí. No protegía tanto como un buen casco de bronce, pero el portador podía alardear de que había cazado él solito medio bosque. Pues bien, ese tipo de casco lleva un año siendo el objeto más discutido de Internet.
Cuando se publicó la primera imagen de Matt Damon vestido de Ulises para la película de Christopher Nolan, llevaba un casco de bronce rematado por un penacho rojo, un modelo que recuerda a cualquier casco romano de un desfile de Semana Santa. Fue el acabose. Desde ese día, cinéfilos, historiadores aficionados, divulgadores, arqueólogos y una cantidad notable de gente que no ha abierto la Odisea en su vida llevan enzarzados en una discusión que se ha recrudecido desde el estreno.
Que Ulises no lleve el casco de colmillos, a la moda micénica, sería una prueba de cargo de que la película es una impostura. Y hay unas cuantas: que si la armadura de Agamenón parece de un superhéroe de Marvel; que si el barco del héroe griego es vikingo… Incongruencias que en otros tiempos menos quisquillosos con la ficción (por el contrario, con las verdades de la vida real impera la manga ancha) se llamaban ‘licencias de autor’. El asunto empezó en foros especializados, saltó a las redes sociales, derivó en descalificaciones personales y llegó a incluir a Elon Musk, tan colérico como si el mismísimo Aquiles fuera su bisabuelo, insultando al historiador británico Tom Holland por haber dicho que no era para tanto y que la peli le había gustado.

Lo que no dice ninguno de los involucrados en la bronca es que el casco de colmillos aparece en el canto X de la Ilíada, un episodio cuya pertenencia a los poemas homéricos se discute o directamente se niega. Es decir, se ha montado un juicio sumarísimo sobre si Nolan es fiel a la Edad del Bronce, cuando el propio texto tampoco lo es. Pero es que la Odisea nunca ha sido una crónica para tomársela al pie de la letra. Es un cuento basado en hechos reales, inventados y/o mitificados, y casi nada de lo que damos por sabido sobre ella resiste una revisión a fondo.

La Odisea no transcurre en una época, sino en tres a la vez. John Ma, catedrático en la Universidad de Columbia, lo ordena así: la guerra se sitúa hacia el 1200 antes de Cristo, las historias circularon de boca en boca durante generaciones en plena Edad del Hierro, y los poemas cuajaron en su forma definitiva a finales del siglo VIII a. C., cuando unos rapsodas que no habían visto un guerrero micénico en su vida se imaginaron aquel mundo remoto con el equipo militar que tenían delante. O sea, que Homero vistió a sus héroes con la ropa de su época, que es el pecado por el que hoy se lapida a Nolan.
La ‘Odisea’, de Homero, ya es ‘un guiso’. Los héroes llegan a la batalla en carro, se bajan, pelean a pie y se suben para irse. Nadie combate desde arriba, que es para lo que también sirve un carro. Un historiador ya ironizó sobre «el servicio de taxis homérico» en 1973
El resultado es un ‘guiso’. Los muertos se incineran, cuando los micénicos enterraban. Y luego están los carros, que son el bochorno favorito de los historiadores militares: en la Odisea, de Homero, los héroes llegan al campo de batalla en carro, se bajan, pelean a pie y se vuelven a subir para marcharse. Nadie combate desde arriba, que es justamente para lo que sirve un carro de guerra. El historiador británico P. A. L. Greenhalgh ya ironizó sobre «el servicio de taxis homérico» en 1973.
Para empezar, ¿existió Homero?
Desde el siglo XVIII, los filólogos se reparten en dos bandos irreconciliables: los analistas, que ven en los poemas homéricos un remiendo de muchas manos, y los unitarios, que ven detrás un genio único. La pelea sigue abierta.

Y lo de que ese genio único era ciego es un invento. La estampa del viejo de barba canosa y ojos en blanco viene de dos sitios. Uno es Demódoco, el aedo invidente que canta en un banquete dentro de la propia Odisea y en el que muchos han querido ver un autorretrato de Homero. El otro es un himno a Apolo, cuyo autor se presenta como un ciego que vive en la escarpada Quíos, pero que Homero no escribió. Quien le atribuyó esos versos fue Tucídides, que los cita en su historia y se los atribuye sin pestañear. O sea, que el historiador más escrupuloso de la Antigüedad, el que inventó el fact-checking, certificó como autorretrato de Homero la firma de otro poeta. Un gol en propia puerta.
¿Era Ítaca una isla?
En julio, la revista Antigone publicó el final de una investigación de veinte años. Cuando Odiseo –Ulises es su nombre latino; Homero no lo llama así nunca– le cuenta a Alcínoo de dónde viene, da tres señas de Ítaca, su patria: está rodeada de islas, es la más occidental de todas y es baja, sin montañas. La isla que hoy lleva ese nombre no cumple ninguna: es montañosa, mira al este y queda la última por levante. El consultor Robert Bittlestone señaló otra candidata que sí cumple las tres: Paliki, la punta occidental de Cefalonia, que no es una isla, sino una península. Dedujo que en la Edad del Bronce por ahí pasaba un canal navegable y que los terremotos lo rellenaron. El geólogo John Underhill, de la Universidad de Aberdeen, dedicó dos décadas a comprobarlo con sondeos y campañas geofísicas. Su conclusión: por ese valle no pasa agua de mar desde hace al menos 290.000 años. La hipótesis la salvó el helenista del equipo, James Diggle, emérito de griego en Cambridge, al reparar en que Homero nunca llama ‘isla’ a Ítaca. Emplea esa palabra sin parar para las vecinas y ni una sola vez para ella: la llama ‘tierra’, ‘patria’ y ‘comarca’. Si Ítaca no es una isla sino un trozo de isla, Paliki no necesita ningún canal.
¿El caballo era un barco?
El caballo de Troya tiene una hoja de servicios sorprendentemente floja: no sale en la Ilíada, en la Odisea se recuerda tres veces y de pasada, y como la madera tiene la manía de pudrirse no quedan restos. De ahí que el arqueólogo naval Francesco Tiboni propusiera que era un barco: los fenicios tenían una nave mercante llamada hippos, ‘caballo’ en griego, por el mascarón equino de la proa. La pega es que la imagen más antigua que se conserva, una vasija de Miconos de hacia el 675 antes de Cristo, muestra un artefacto con ruedas y siete ventanucos por los que asoman las caras de los griegos. Y un barco con ruedas ya es como de peli de James Bond.

En la película, el navío de Odiseo es un drakkar, una nave noruega moderna construida a imitación de un barco vikingo, unos dos mil años posterior al mundo del poema. Nolan alegó ante Los Angeles Times que es de casco de madera y tecnología antigua, y que pilotarlo sirvió para adiestrar al reparto.
¿Era tuerto el cíclope?
Homero no dice nunca que Polifemo tenga un solo ojo: se deduce porque le clavan la estaca en el ojo, en singular. En 1914, el paleontólogo austriaco Othenio Abel propuso que el mito nació de los cráneos del elefante enano siciliano, hoy extinguido, en los que las cuencas quedan pequeñas y a los lados, aunque lo único que se ve es el agujero de la trompa, enorme, en mitad de la cara. Para apuntalarlo aseguró que Empédocles ya los había identificado como restos de gigantes, y de eso no hay rastro en ningún texto antiguo.
Mary Beard responde a quienes cuestionan que Helena sea negra: en los relatos griegos de esa guerra hay un rey etíope, Memnón, así que sostener que Homero no podía concebir a un africano es falso. Pero, además, «Helena de Troya no existió y, como mito, nació de un cisne»
El Polifemo de Nolan tiene el ojo girado noventa grados, más alto que ancho, algo que no existe en ninguna imagen antigua. Pero el cambiazo no es solo anatómico: este Polifemo no habla con Odiseo, no prueba el vino y nunca le pregunta cómo se llama, de modo que desaparece el truco más famoso del poema, aquel en que el héroe responde que se llama Nadie. Nolan reconoció, en el programa de Jon Stewart, que lo intentó y no supo cómo encajarlo.
¿Quién lleva los pantalones?
Odiseo, sus hombres y Telémaco llevan pantalones durante buena parte del metraje. Los griegos no usaron pantalones en ninguna época de la Antigüedad y los consideraban la prenda bárbara por excelencia: un tratado médico hipocrático del siglo V antes de Cristo sostiene que los escitas son afeminados e impotentes porque van en pantalones (se supone que ceñidos) y montan a caballo.
Similar polémica han suscitado las espuelas del cabrero. Al principio de la película, Eumeo riñe al cabrero Melantio por entrar en el palacio con las espuelas puestas. Las espuelas más antiguas que se conocen son celtas y en el mundo griego no se mencionan hasta Jenofonte, en el siglo IV antes de Cristo. Y, aunque hubieran existido, Melantio es un esclavo que cuida cabras: un caballo en la Grecia antigua costaba lo que hoy un deportivo.
¿Pudo ser Helena negra?
Cuando se supo que Helena de Troya, que en el imaginario colectivo es tan rubia como Barbie, la interpretaría Lupita Nyong’o, que es keniana y negra, Elon Musk escribió que Nolan había perdido la integridad y que había profanado la Odisea para poder optar al Oscar. Invocaba (de mala fe) las normas de diversidad que la Academia exige desde hace unos años para competir por la mejor película: hay que cumplir una cuota de mujeres, minorías étnicas y personas LGTBI o con discapacidad, pero no hace falta que sea en el casting, porque cuentan igual el equipo técnico y el de marketing. Un estudio como Universal la cumple sin tocar un solo papel.

Debajo de la protesta hay una afirmación más gruesa: que en el mundo que imaginó Homero no cabía un personaje negro, aunque en el relato original no hay ninguna descripción de los rasgos físicos de Helena, salvo su «belleza excepcional». Mary Beard, la helenista más conocida del mundo, ya había avisado en la BBC de que Musk «no es una buena guía para la historia de Roma». Sobre Helena da dos respuestas. La primera es que en los relatos griegos de aquella guerra hay un rey etíope, Memnón, que llega a Troya con su ejército y muere a manos de Aquiles, de modo que sostener que la imaginación homérica no podía concebir a un africano en ese conflicto es sencillamente falso. La segunda es más corta: «Helena de Troya no existió». Y es que Helena, en el mito, es hija de Zeus y de Leda y nace de un huevo, porque para engendrarla su padre se convirtió en cisne.
El veredicto
Llama la atención que los clasicistas de mayor prestigio académico no hayan salido en tromba a atacar la falta de rigor de la película. Dimitri Nakassis, especialista en el Egeo del Bronce Final, sostiene que exigir precisión arqueológica no viene al caso tratándose de un poema construido durante siglos. Spencer McDaniel, historiador de la Antigüedad, va más lejos: no existe una Odisea históricamente exacta ni puede existir, porque el poema no transcurre en ninguna época real, sino en la Edad de los Héroes, que es un pasado vago e imaginario.
La cadena, además, viene de largo. Homero vistió a sus personajes con el equipo militar de su época, y los artistas griegos y romanos que ilustraron después aquellas escenas hicieron lo mismo. En un mosaico del siglo II encontrado en Asia Menor, Agamenón y Ulises asisten al sacrificio de Ifigenia vestidos de romanos. Nolan solo es el último de la fila. Y, como él mismo explica, su método no es la reconstrucción exacta, sino la especulación informada, la misma que empleó en Interstellar.
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