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¿Por qué queremos tanto a la escritora Jane Austen?

Atacó las convenciones sociales e hizo un examen feroz de la sociedad de su tiempo con un delicado envoltorio formal
Fernando García-Pañeda
Viernes, 12 de diciembre 2025
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Parafraseando a Julio Cortázar, nos es preciso admitir, melancólicamente triunfantes, que somos muchos los que queremos a Jane Austen a estas alturas del siglo XXI. Pero, ¿por qué la queremos tanto? ¿Por el contenido de sus historias? ¿Por su manera de contarlas? ¿Por la sensación de bienestar que proporciona su lectura? La respuesta depende del punto de vista y del carácter de cada cual, porque Jane posee una naturaleza multipolar y la magia de su escritura se infiltra en todos los estratos socioculturales de nuestro mundo: es capaz de encandilar al lector más pusilánime y a la lectora más exigente; puede interesar tanto al progresista más radical como a la conservadora más reaccionaria. Así viene siendo desde que sus obras vieron la luz.
Una idea equivocada
Pero lo cierto es que existe una gran confusión en torno a la personalidad de Austen y al alcance de su obra. Tantos homenajes estrafalarios plagados de tacitas de té, bailables de pitiminí, vestimentas de Regencia y merchandising de baratillo han enturbiado su imagen, su pensamiento y el fondo de su escritura hasta convertir todo lo austeniano, incluida la propia figura de la escritora, en una caricatura grotesca. Desde la publicación en 1870 de su primera biografía por parte de su sobrino James Edward ha llegado hasta nuestros días la imagen de una agraciada y cariñosa tía soltera, recatada y apacible, con una vida monótona únicamente amenizada por algunos bailes, oficios religiosos, pianoforte, paseos por la campiña y escritura a escondidas. Y tanto la inercia de seguidores ignorantes como el interés comercial (industrias editorial y audiovisual), han ahondado en esa postal idealizada.
«¡Qué vidas tan tranquilas llevaban aquellas personas! Solo modales que controlaban las pasiones naturales en la medida de lo posible, junto con explicaciones refinadas de cualquier contratiempo», escribió Winston Churchill después de una lectura de ‘Orgullo y prejuicio’ en diciembre de 1943. La misma conclusión que han obtenido legiones de lectores acríticos a lo largo del tiempo y que se ajusta a la descripción que hiciera el primer biógrafo.
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Sin embargo, un análisis pausado de sus obras y el contenido de numerosas cartas escritas por la propia Jane que no fueron pasto del celo protector de su hermana no encajan con el dechado de virtudes que se le atribuía. Veamos algunos de los muchos ejemplos de esta discordancia.
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Una bestia salvaje
«Las imágenes de perfección, como sabes, me dan asco y me vuelven maliciosa», dijo en una carta a su sobrina favorita poco antes de morir, pero también se lo podría haber dedicado al sobrino biógrafo. «Si soy una bestia salvaje, no puedo evitarlo. No es mi culpa». Así se autodefinía Jane en una carta escrita a su hermana en mayo de 1813. Pero no se trataba de un arrebato de mal humor o un bajón de autoestima, porque ya con catorce años describió así a un personaje de ‘Amor y amistad’: «No era más que una joven sencilla, afable, cortés y agradecida; como tal, apenas nos podría disgustar: era sólo objeto de desdén».
A los 25 años reconocía en otra carta a su hermana: «Creo que anoche bebí demasiado vino; no sé de qué otra manera explicar el temblor que sufre hoy mi mano»; debilidad que confirmaría años después sin asomo de insatisfacción: «encuentro muchos placeres en ser una especie de acompañante [en los bailes], pues me sientan en el sofá cerca del fuego y puedo beber tanto vino como quiera».
Por otra parte, escribió con motivo del nacimiento de un sobrino: «Te doy la alegría de nuestro nuevo sobrino, y espero que si alguna vez lo ahorcan, no sea hasta que seamos demasiado mayores para preocuparnos por eso».
¿Esta era la tía dulce y circunspecta? No, era la escritora salvaje e irreductible que desde joven afirmaba no querer que la gente fuera agradable, «pues me ahorro el trabajo de estimarla».
Ese lado salvaje de Austen es pasional, pero, por supuesto, en un sentido intelectual y moral, y posee una connotación de resistencia, casi de rebelión; la caracteriza como una mujer que se niega a ser controlada y someterse a las normas sociales, que actúa con libertad en una búsqueda intransigente de la verdad y la decencia humana. Es algo que se puede confirmar a través de sus decisiones personales y su independencia vocacional.
Ironía venenosa y vivificante
La decisión de permanecer soltera fue un acto que priorizó su libertad de pensamiento y su vocación literaria, le proporcionó la distancia crítica necesaria para observar, analizar y diseccionar la sociedad que la rodeaba sin estar inmersa en ella. Es por eso que Chawton Cottage no constituyó sólo un refugio doméstico, sino un observatorio desde el que dirigía sus ataques satíricos; el entorno campestre le proporcionó un escenario propicio para descubrir los momentos de emoción genuina, lejos de las formalidades de los salones y assembly rooms. La observación y el disfrute de la naturaleza, además de ensanchar su espíritu, le permitía una libertad (de movimiento, de reflexión, de conversación) que le habría sido negada en los espacios cerrados y normativizados de la sociedad.
Por otra parte, quiso atacar con su pluma las barreras impuestas por las convenciones sociales de una forma tan sutil como implacable. Para ello envolvió en historias aparentemente inofensivas, adornadas con gentilezas y muselinas, un examen despiadado de la hipocresía en las clases media y alta, así como de las insufribles limitaciones impuestas a las mujeres, incluso desde un inusitado punto de vista socioeconómico; realizó un examen feroz de la sociedad (de su tiempo, pero también de todos los tiempos) con espíritu satírico y con una ironía venenosa y vivificante al mismo tiempo.
Esa capacidad subversiva llevó al crítico literario D. W. Harding a concluir, en un influyente ensayo sobre Austen, que «sus libros son leídos y disfrutados, tal y como ella quería, precisamente por el tipo de personas que le desagradaban». Una conclusión en absoluto exagerada en su fondo: no es que ella despreciase a sus lectores, sino que le constaba que entre estos se encubrirían muchas personas absurdas y aburridas que no examinan lo que dicen, que menudean palabrerías y no les importa herir al prójimo de palabra u omisión. Contra estos van dirigidas las cargas de profundidad que introduce de manera encubierta, pero detectable, en sus obras, porque, en esencia, Austen se preocupa por la supervivencia de individuos sensibles y perspicaces (representados por sus heroínas) en una sociedad de mediocridad conformista, y por ello su escritura es una forma de lucha y desahogo contra esa abrumadora mediocridad.
Experimental y revolucionaria
Una escritura que está repleta de maravillas, elementos extraordinarios y realidades a menudo ignoradas. Basta con saber cómo y dónde buscar, después de leer sus obras, para encontrar datos que manifiestan la singularidad austeniana, su audacia y su pasión.
Y es que Jane experimentaba con cada una de sus obras, tan radicalmente diferentes. Así, en sus primeros escritos, que compuso entre los 11 y los 17 años (Juvenilia), rescató el estilo burlesque para ridiculizar géneros serios, como el histórico o el gótico, presentando lo honorable bajo una burla despiadada; en la epistolar ‘Lady Susan’ utilizó con maestría la focalización sesgada: el lector no accede a los pensamientos de la protagonista y ha de construir su retrato psicológico por sus acciones o informes de otros personajes; con ‘Sentido y sensibilidad’ empleó una estructura binaria (novela de contraste) para debatir el tema filosófico central; en ‘Orgullo y prejuicio’ profundizó en la intimidad psicológica de la protagonista al fusionar la voz omnisciente del narrador con el pensamiento interno de aquélla, algo que hizo también con ‘Emma’, sólo que en este caso llega incluso a conducir al lector hacia la perspectiva equivocada de la heroína; en ‘Mansfield Park’ se deslizó hacia la estructura teatral, utilizando una pieza de teatro como espejo metatextual para contrastar fallas morales y virtudes; el narrador disruptivo en ‘La Abadía de Northanger’ le sirvió para crear una teoría de la novela moderna, constituyendo una obra revolucionaria en fondo y forma; en ‘Persuasión’ hizo un uso innovador de la analepsis y llevó a cabo otra ruptura: pasó a un tono melancólico y lírico en el que la voz introspectiva de Anne Elliot domina la narrativa; y con sus inacabadas ‘Los Watson’ y ‘Sanditon’ introdujo de forma cruda el factor económico y las preocupaciones financieras de sus protagonistas, llegando a plantear en la segunda un escenario inédito de desarrollo urbano y especulación inmobiliaria. Sus heroínas tradicionales plantan cara a un conjunto de trabas sociales, dificultades vitales o carencias madurativas que han de superar no sólo para su crecimiento personal, sino a veces para su mera supervivencia. La forma subversiva en que se enfrentan a instituciones tradicionales como el matrimonio, las relaciones sociales o la reputación personal es algo que incluso en la actualidad consideramos admirable; y, como quiso evitar cualquier tipo de escándalo en pro de los miembros de su familia, el genio de Austen revistió sus ideas en forma de historias conmovedoras con palabras selectas y precisas. De ahí los dos planos en que se puede admirar cada una de sus novelas: bien el delicado e insólito envoltorio formal, o bien su verdadero fondo.
Clasificación personal de sus obras completas
1. ‘Persuasión’: De estilo muy melancólico y lírico, y el uso del flashback domina la narrativa
2. ‘La abadía de Northanger’: En esta novela sobre la novela, el narrador habla directamente con el lector
3. ‘Mansfield Park’: La más teatral y oscura de sus obras, perfecto artefacto literario según Nabokov
4. ‘Emma’: Nueva técnica, el narrador se alía con la perspectiva equivocada de la heroína
5. ‘Juvenilla’: Subvierte géneros serios (como el histórico o el gótico) con un cuidado lenguaje
6. ‘Lady Susan’: El lector nunca accede a los pensamientos de Lady Susan, solo a cartas e informes
7. ‘Orgullo y prejuicio’: Fusiona la voz del narrador y el pensamiento de Elizabeth con gran intimidad
8. ‘Sentido y sensibilidad’: Novela de contraste entre a Elinor y Marianne para debatir el tema central
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