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Un Tagore nuevo, ante el escalofrío de ser otro

 Siempre hay que volver al maestro, que en sus poemas del ‘Gitanjali’, ahora en traducción directa del bengalí, concentra lo mejor de su manera de interpretar el mundo

Carlos Aganzo

Sábado, 21 de febrero 2026

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Hay que volver a Tagore. Una vez y otra vez. Recordarlo, redescubrirlo, volverlo a descubrir en una nueva traducción. Degustarlo en su intensa magnitud. Al Tagore novelista, al músico, al pintor, al dramaturgo, al autor infantil, al cuentista, al filósofo, al sabio. Volver a Gurudeb, el mentor divino. Sobre todo, a Biswokobi, poeta del mundo. Al maestro cuya luz sigue viva y palpitante en su universidad Visva-Bharati de Santiniketán, en Bengala. La que fundó con el dinero del Premio Nobel de Literatura de 1913, cuando el galardón todavía era importante y él se convirtió en el primer no europeo en recibirlo.

Hay que volver a Tagore para comprender cómo la cultura bengalí de su tiempo, formada en diálogo secular con la tradición sánscrita y védica, elabora su propia interpretación del hinduismo. Y cómo esa voz se convierte enseguida en universal gracias a las traducciones, pero también a sus viajes entre oriente y occidente. Si Ghandi, al que Tagore bautizó como Mahatma (gran alma), es el indio que mejor encarna en el mundo el signo de la paz, sin duda Tagore, al que Ghandi se refería como Gurudeb, es el que mejor representa ese humanismo que identifica la vida humana con el amor profundo a la naturaleza.

 

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Toda la obra de Rabindranath Tagore (Calcuta, 1861-1941) es de una u otra manera relevante. Pero no creo que resulte arriesgado decir que quizás lo mejor, lo más propio y sustancioso de su modo de interpretar el mundo se recoge en sus poemas del ‘Gitanjali’, la colección que publicó primero en bengalí, en 1910, cuando tenía 49 años, y que después él mismo tradujo al inglés, en 1912, propiciando ese reconocimiento mundial que le condujo al Nobel. 157 poemas contenía la versión original en su lengua materna, que hoy hablan alrededor de 280 millones de personas. Y 103 la versión inglesa, que incluía algunos poemas de otros libros, y que Tagore recreó buscando un mensaje más abierto y universal.

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El resultado de una espléndida iluminación espiritual y poética, después de un largo duelo tras la muerte de su esposa, dos de sus hijos y su padre. También de un momento en el que India se encontraba en pleno proceso de afirmación cultural frente al colonialismo británico, mientras que en Europa, que vivía aquella Belle Époque previa a la Primera Guerra Mundial, despertaba el interés por las religiones y filosofías orientales. Algo que propició, por ejemplo, que el poeta y crítico británico W.B. Yeats quedara profundamente impresionado por su poesía. O que una pareja como la que formaban Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez consiguiera, con sus traducciones, convertir a Tagore en referencia mundial para los lectores en español.

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«Es difícil no sentirse seducido por Tagore. Su literatura está tan cerca del latido primordial y del corazón de los seres vivos, y tan entreverada de misterios naturales y de invocaciones a la divinidad, que hipnotiza desde la primera lectura», dicen ahora, un siglo después de aquellas versiones juanramonianas, los poetas Subbro Bandopadhay y Jesús Aguado, traductores de ‘Tú pones la tormenta y yo la noche’, su interpretación de los poemas del ‘Gitanjali’ que publica Galaxia Gutenberg. Una traducción directa del bengalí, sin pasar por el inglés, apoyada en los endecasílabos y alejandrinos que tan bien suenan en nuestra lengua, y que se compadecen con la métrica que empleó Tagore en estos poemas. Lo que nos permite leerlos de una manera nueva: fresca, profunda y, al mismo tiempo natural. Un Tagore que seguramente nunca habíamos sentido tan nuestro. Ese poeta cuya espiritualidad, inspirada en la tradición bhakti de la India, habla de la relación íntima entre el ser humano y lo divino, al mismo tiempo que de la naturaleza como manifestación de lo sagrado, y de la grandeza y la humildad del amor como última frontera de la condición humana.

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Un libro a la vez sencillo y profundo, fieramente humano y naturalmente divino, que se articula en dos secciones: ‘El escalofrío de ser otro’, donde se recogen los poemas amorosos y de la naturaleza del ‘Gitanjali’, y ‘Derecho al aguacero’, que abunda en su poesía mística. Dos territorios sin puestos fronterizos, donde en verdad resulta difícil distinguir «entre el sentimiento que produce la inminente llegada del amado o de la amada, el derivado de una tormenta monzónica que pone a temblar los bosques y los corazones o el de un loto que se abre como metáfora del ciclo de la existencia». «Para que yo te cante te mantienes / escondida detrás de mi tristeza», dice Tagore en la primera parte del libro, donde la naturaleza funde y confunde al amado con la amada («amada en el Amado transformada», que dice Juan de la Cruz). La misma fusión y confusión que en la segunda parte sucede entre amantes, natura y divinidad, cuando canta con entusiasmo el poeta:

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El Absoluto llega en maremoto

para limpiar el tiempo y la tristeza.

Ya no hay pasado ni futuro. Sólo

las olas de lo Alto dando lustre

a un corazón que canta como un pájaro

en el instante o rama del amor.

Una y otra vez hay que volver a Tagore.

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