.
.
Veinte años sin Zarra, el caballero del gol

Zarra se fue el 23 de febrero de 2006 y todavía se siente el vacío que dejó la ausencia de este goleador letal que representó como nadie los valores del Athletic
.
.
No es un aniversario redondo, de esos que se bañan en plata o incluso en oro, pero su protagonista es tan grande que se hace obligado celebrarlo al menos con un recuerdo. Y más en estos tiempos de desmemoria abisal en la que la condición de leyenda de un club se reparte con la generosidad infantil con las que se reparten chucherías a los niños.
.
Pues bien, un día como hoy, hace veinte años, el Athletic perdió a Telmo Zarra, una de las mayores y verdaderas leyendas de su historia y, desde luego, el futbolista que mejor representó los valores con los que siempre ha querido identificarse el club. Un infarto de miocardio acabó a los 85 años con la vida de quien fue también un mito del deporte español, máximo goleador de la Liga en seis ocasiones y autor del histórico tanto en Maracaná contra Inglaterra en el Mundial de 1950.
.
No corrían buenos tiempos para el Athletic aquel 23 de febrero de 2006. Aunque el equipo venía de ganar 0-1 en Santander, su situación en la Liga era muy delicada y lo continuó siendo hasta el final del campeonato.
.
El ambiente en el club era tenso. Clemente no había dado con la tecla tras sustituir a Mendilibar y la afición estaba de uñas con el banquillo y con el palco. Los medios eran un reflejo de este malestar.
.
La muerte de Zarra, sin embargo, hizo olvidarlo todo por unos días. La noticia tuvo un efecto demoledor y provocó un silencio de luto inmediato. Alguien importante de la familia había muerto.
.
Hasta los más jóvenes, los que tenían una idea más bien vaga de quien fue el gran delantero rojiblanco y por supuesto de cuáles fueron sus hazañas sesenta años atrás, entendieron la hondura de la pérdida.
.
.

.
Consciente del vacío irreversible que dejaba Zarra, Fernando Lamikiz, por entonces presidente del Athletic, tuvo unas palabras muy bien elegidas para él. «Reflejaba sobre el campo el sentimiento del Athletic, todo lo que significa este club. Tenía garra, casta, fiereza, nobleza. Y en el aspecto personal era una persona afable, bondadosa, optimista y muy vitalista. Su figura es un buen espejo en el que mirarnos en el Athletic. Una auténtica leyenda». La apelación al espejo de Lamikiz no pudo ser más pertinente. Y es que Zarra, el caballero del gol, fue y representó lo que todos los aficionados del Athletic hubieran querido ser y representar en caso de haber sido futbolistas. Es más, ese deseo de emulación se extendía a miles de aficionados de toda España, ya que su figura trascendió al propio Athletic como no lo ha hecho ningún otro jugador rojiblanco.
El gran cambio
Su historia, la del hijo del jefe de estación de Asua, fue la de un sueño infantil hecho realidad de una forma extrema, inimaginable. Él sólo quería ser futbolista. «Yo era un loco. Estaba todo el día detrás del pelotón», nos dijo en una entrevista en 1998. Y sólo quería ser futbolista del Athletic, el club de sus amores, el de sus ídolos –los Lafuente, Unamuno, Iraragorri, Bata, Chirri, Gorostiza y demás– a los que veía pasar en el autobús cuando volvían a Bilbao con alguno de sus muchos título. «Estábamos en la escuela de La Campa y salíamos corriendo detrás de ellos. A mí me daban una envidia tremenda», recordaba.
.
353 partidos
.
Jugó en el Athletic desde su debut el 29 de septiembre de 1940
La carrera de este futbolista inmortal se funda en una curiosa paradoja. Y es que Zarra, que pasaría a la historia como un futbolista poderoso, valiente, racial y con un remate de cabeza espectacular –alguien dijo que la suya era la segunda mejor cabeza de Europa después de la de Churchill– comenzó siendo un niño endeble y medroso. Los compañeros de su primer equipo, el Pitoberese, le llamaban ‘Telmito el miedoso’ porque era todo precaución. No metía la pierna ni a tiros, huía de las tarascadas como de la peste y tenía un aire asustadizo que parecían descartarle para empresas de alto rango en el fútbol de alto nivel. Su pasión por el juego, sin embargo, no sólo acabó con esas debilidades de su carácter sino que le convirtió en el paradigma de lo contrario, de una fortaleza total.
A los 18 años, logró dar el saltó que marcó su vida y pasó del Erandio al Athletic, donde jugaría 353 partidos a lo largo de 15 temporadas y marcaría la friolera de 335 goles. Casi uno por partido. Brutal. Debutó el 29 de septiembre de 1940 en Mestalla, el mismo día de quien sería su compañero, íntimo amigo y hasta vecino de escalera Rafa Iriondo. En su debut, sin mas dilaciones, hizo su presentación en sociedad. Para el minuto 21, ya había marcado dos goles. El Athletic acabó empatando aquel partido de la primera jornada de Liga, ya que el Valencia reaccionó en la segunda mitad de la mano de dos vizcaínos ilustres, Mundo y Gorostiza, que acababa de fichar por el equipo che. Pero la noticia fue la aparición estelar del nuevo delantero rojiblanco. Aquel joven, otra de las promesas con las que el Athletic se estaba refundando en la postguerra –allí estaban Bertol, Nando, Panizo, Iriondo y Gainza–, había dejado su sello. Imaginemos un Z grabada a fuego en el césped de Mestalla. Como la del Zorro, pero de Zarra.
335goles
marcó con la camiseta rojiblanca. Fue seis veces máximo goleador de la Liga
Durante quince años, hasta su retirada en 1955, ya con Eneko Arieta como relevo perfecto, la historia de aquel niño temeroso del Pitoberese fue una sucesión de goles. Llegó a marcar un ‘hat trick’ en la prórroga de la final de Copa contra el Valladolid. Y eso que estaba lesionado en la clavícula. Y también fue una sucesión de lecciones ejemplares de deportividad, como aquella famosa en Málaga en 1949. Dos rivales, Arnau y Maciá, chocaron entre sí y quedaron inconscientes. Y Zarra, en lugar de aprovecharlo para marcar, decidió tirar el balón fuera. No es extraño que solo fuera expulsado una vez y por equivocación de un árbitro peculiar. Había sufrido una entrada muy fuerte y el jugador que se la hizo quedó lesionado. Gainza, su antológico lugarteniente, le dio un mal consejo: «Telmo, písale a ese la cabeza. Zarra, riendo, hizo el amago de pisarlo y Pedro Escartín les expulsó a los dos. A Telmo le divertía recordarlo.
.
.
.
.
.
.